Lección de anatomía

Publicado: 6 diciembre 2011 en Castellano, Socioeconomía
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(Variaciones sobre un cuadro de Rembrandt)

Rembrandt, Lección de anatomía del doctor Tulp

De Adriaan Adriaanszoon, alias Aris Kindt, se dice que fue un ladrón extremadamente violento. Robó y apaleó a un hombre en Ámsterdam e hirió gravemente a un guardián de la cárcel de Utrecht. Todo ello le valió una sentencia de muerte: fue ahorcado el 31 de enero de 1631. Su cuerpo fue donado al colegio de cirujanos y de esta manera se convirtió en el objeto de una autopsia pública. Eso sí: pública, pero limitada de hecho a miembros de las clases pudientes de Ámsterdam, que pagaban por ver el espectáculo de la demostración de sabiduría del doctor Tulp a costa del cuerpo de un hombre con una biografía tan violenta…

Rembrandt (in)mortalizó una escena en la que la rigidez del pasmo de los asistentes guarda relación tanto con la rigidez mayestática del doctor Tulp como con la cadavérica del cuerpo yerto del ajusticiado Aris Kindt. Tres tipos de rigidez en un cuadro que aunque escenifica la voluntad analítica de conocer el cuerpo humano, nada impide interpretar, si seguimos a Sebald, que muestra también una relación con los antiguos rituales de expiación. Una interpretación que parece justificada si atendemos al hecho de que, tras el ejercicio público de disección, era costumbre servir una copiosa comida. Una práctica culinaria por lo demás muy extendida en las ceremonias de luto en Europa: el muerto al hoyo…

Pero la comida no es el único vínculo entre ambos ejemplos: ambos vienen precedidos por un análisis previo del cuerpo del muerto; sólo que en el caso de la muerte del ajusticiado no se hace para examinar las causas de su muerte (para eso bastaría con leer su historial delectivo y/o preguntarle al verdugo), sino para entender cómo funciona el cuerpo de las personas aún vivas y/o no ajusticiadas. Si su biografía no puede servir como modelo, que su cuerpo al menos sirva como espejo: un criminal ajusticiado nunca será sujeto (activo); como mucho, objeto (de análisis), porque “cosa juzgada“.

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A la medicina se le ha reprochado muchas veces, como en la Viena de finales del XIX, que es capaz de explicar casi siempre las causas de una muerte, pero que muchas veces (quizá demasiadas) no puede contribuir a evitarla.  Lo mismo podría decirse, quizá, de la política en el caso de Aris Kindt: se sabe con certeza (también, sin duda, gracias a Rembrandt) lo que le llevó a tener que morir en la horca; pero probablemente se desconozca cómo haber conseguido evitar llegar a ese extremo. Afortunadamente, dirán algunos: porque si tantos Aris Kindts no hubieran cometido sus crímenes, no conoceríamos nuestro cuerpo como decimos conocerlo hoy en día; ni tendríamos una pintura como la de Rembradt y su magistral ejecución de la umbra mortis; ni estaríamos escribiendo esta entrada.

Pero Adriaan Adriaanszoon no es el único culpable de esta entrada. También lo son (eso dicen) los países de la periferia europea: sus cuerpos económicos yacen ahora sobre la mesa de disección del irritado doctor Mercado y del Eje Mercozy como los de unos ajusticiados más. Aunque, eso sí, los PIGS son curiosamente (al decir de muchos) culpables; pero también las víctimas (al sufrir de tantos). Su disección podría servir a lo mejor para ver cómo no funciona la Europa del Euro; pero lo único seguro por el momento es que el cuerpo sobre la mesa de disección de los mercados de deuda sirve de espejo: cada uno de los actores de este drama se retrata en él a costa de los otros. Quizá para no verse obligados a tener que admitir que los supuestos culpables son más bien víctimas. Una vez más vemos que, como en el caso de la medicina, lo único cierto es el resultado de la autopsia pero no los beneficios del tratamiento que impone el diagnóstico.

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Pongamos por caso que el anatomista que disecciona fuera, además, el inductor al delito por culpa del que yace ahora muerto el cuerpo y encima el juez que hubiera dictado la pena de muerte sobre ese cuerpo que ahora analiza, escalpelo en mano. En ese caso nos encontraríamos ante un ejemplo parecido al escándalo que está teniendo lugar ahora en Europa: Mario Draghi (actual presidente del Banco Central Europeo) y Lucas Papademos (actual dictador al cargo de Grecia, homólogo del actual duce italiano, Mario Monti) han tenido que ver en mayor o menor medida con el ocultamiento del verdadero estado de las cuentas griegas.

Se le pueden poner muchos nombres a esta maniobra. Nos decantamos por colonialismo. Porque en este claro caso de desviación y acumulación de poder a costa de la soberanía de los habitantes de un país, sigue vigente la nítida diferencia entre el que está muerto y el (o los) que aún sigue(n) con vida: viven y diseccionan los que tienen soberanía financiera (los que consiguen dinero pagando pocos intereses) y están muertos los que tienen que realizar, a marchas forzadas, recortes obligados en el estado del bienestar de sus ciudadanos y vender lo que tienen para pagar. Y mientras los primeros no comprometen su independencia económica, tecnológica e industrial, a los segundos se les convierte en cada vez más dependientes. Una sutil reinvención del colonialismo, aunque esta vez no es África la repartida en una conferencia (también) en Berlín, sino el bienestar de la periferia de la Desunión Europea.

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Resulta, si no paradójico, sí al menos curioso contemplar el espectáculo de la demostración de sabiduría de unas instituciones que sólo son capaces de augurar el futuro económico sobre la base de fracasos pasados. Y, por extraño que parezca, el historial de errores pasados parece legitimar la validez de las predicciones que les siguen. Claro está que la culpa no la tiene el que habla, sino el que se cree lo que éste dice. Tan claro como que una de las principales ventajas del corporativismo (tal y como hoy se le entiende) es que la responsabilidad se diluye; como ahora, en Europa, donde las víctimas de unas políticas procíclicas y favorecedoras de la creación de burbujas son los que deben expiar los errores sistémicos del modelo. Qué irónico que “corporativismo” venga de “cuerpo”, la misma palabra que sirve para nombrar el objeto ajusticiado de la disección del doctor Tulp, que atendía en vida y obra al nombre de Aris Kindt, de infausto recuerdo.

Y hablando de responsabilidad: después de lo dicho, no podemos evitar hacernos una pregunta: ¿puede un cadáver seccionado levantarse de la mesa de disección y pasar a ser anatomista? Algo así parecen pretender las “nuevas” fuerzas que gobiernan en España. ¿No es una actitud no sólo no realista, sino además irresponsable? Porque, ¿cuándo se ha visto que el alumno castigado dé lecciones al profesor que lo amonestó? Además, la rigidez cadavérica da poco margen a la maniobra. Con estos mimbres, con este rigor mortis, es difícil estar “en primera línea”, si no es para convertirse en convidado de piedra. Probablemente sea más sensato ser consciente que lo que somos es espejo, que Europa (empezando por Alemania) debería tomar buena nota de que los errores cometidos para favorecer las exportaciones del núcleo duro (el eje franco-alemán) han contribuido a la creación de unas burbujas que no sólo se están llevando por delante al euro. Dejar de huir hacia adelante, por tanto, y quedarse pasmado el tiempo necesario (no el dictado por los mercados) ante la lección de anatomía, antes de que no quede cuerpo ya del que aprender a gobernar para la ciudadanía.

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Lección de anatomía: en Europa quizá todos sean Adriaan Adriaanszoon pero pretenden ser el Dr. Tulp.

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