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Quelle: http://www.alex11.org/

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Durante el verano, nuestra asamblea de Berlín se está convirtiendo en lugar de paso y acogida de gente implicada en las acampadas y asambleas surgidas a partir del 15 de mayo en diferente ciudades españolas. Para mí es un hecho especialmente gratificante porque señala dos realidades que realmente están ocurriendo: que se está revitalizando el tejido político-social en nuestro país y que nuestra asamblea de Berlín se ha consolidado como lugar visible de encuentro, intercambio y acción.

Ayer se celebró una asamblea que, en mi opinión y en relación con el calado de la decisión adoptada, ha sido la más importante que hemos celebrado desde que nos reunimos por primera vez el 19 de marzo: ayer decidimos dejar de denominarnos “Democracia Real Ya Berlín”: ahora somos “15m Berlín”. En mi opinión, ha sido una decisión importante porque podría ir mucho más allá de la cuestión puramente nominal o técnica, porque creo que no sólo debería afectar a un grupo de palabras o a la dificultad técnica más o menos grande a nivel informático que pueda implicar el cambio del nombre. Para mí es la constatación de que ha dado sus frutos un proceso de maduración que hemos venido haciendo en las últimas semanas de forma más o menos consciente; en cierto modo -en términos kantianos-, hemos pasado a tener voz propia. Nos hemos “independizado” –por sentido común-: no porque nos hayamos separado de un grupo, “Democracia Real Ya” (algo imposible, porque nunca pertenecimos a él), sino porque hemos sido capaces de darnos a nosotros mismos un nombre.

Para mí es un momento crucial, un punto clarísimo de inflexión que apunta a dos cosas. En primer lugar, que con este gesto señalamos que nuestra historia no está escrita, sino que la escribimos nosotros. Y en segundo lugar, que tenemos una trayectoria lo suficientemente aquilatada como para que nos distinga y justifique, así, un cambio de nombre con el que ganemos en definición:  somos quienes somos por lo que hacemos y no por aquello a lo que nuestro nombre pueda llegar a referirse.

Pero la cuestión no se queda aquí (y no debería hacerlo): el cambio de nombre debería ser además una (auto)exigencia: con él señalamos que nos queremos definir más, que queremos ser lo que hacemos y no lo que se diga que somos. Esto exige más conciencia a la hora de hacer cosas, de actuar, de reflexionar.

En este sentido, lanzo la siguiente reflexión, que nace de la feliz coincidencia de que en nuestra asamblea de ayer estuvieran gente de Sol y de Barcelona con los que luego pudimos charlar. Porque pude saber gracias a ellos que uno de los debates candentes en ambas acampadas afecta al papel de las asambleas, especialmente en lo que se refiere a la toma de decisiones: ¿dónde se decide? ¿Sólo en Sol, por ejemplo, o sólo en los barrios?

Rousseau - Du contract socialEn mi opinión la disyuntiva es falaz. Y para resolverla creo que hay que plantear la cuestión desde otro punto de vista: quien toma la decisión de hacer o no hacer, de respaldar o no respaldar es cada uno de los miembros de la asamblea porque ésta es capaz de darles voz. Creo que es ésta la problemática de base a la que apunta el lema “no nos representan”.Porque ya no se realiza (no sé si jamás se habrá llegado a realizar) aquello que afirmaba Rousseau en su Du contrat social: éste debería dar respuesta al problema fundamental de la búsqueda de una forma de asociación en la que “cada uno, uniéndose a todos, no obedezca con ello más que a sí mismo, permaneciendo igual de libre que hasta entonces” (“Trouver une forme d’association […] par laquelle chacun, s’unissant à tous, n’obéisse pourtant qu’à lui-même, et reste aussi libre qu’auparavant.”)

Y bien: ¿qué papel tendría la asamblea entonces? No creo que la asamblea deba ser, por todo lo dicho, un órgano de decisión, sino de debate, diálogo, intercambio y refrendo (“corroborar algo afirmándolo”). Yo a la asamblea voy a hablar y obligarme a pensar políticamente; a escuchar las propuestas que cada uno de los miembros nos hacemos; a apoyar todo aquello que me parezca necesario, decidiendo invertir en ello mi tiempo y mis capacidades… En definitiva: creo que la asamblea no debería decidir, sino discutir a partir de propuestas trabajadas de acción, problemas concretos que nos afectan en el lugar que vivimos… y llegar a conclusiones al respecto empleando el tiempo que sea necesario. Sé que con esto no invento nada, pero creo que es importante aprovechar el momento del cambio de nombre para repensar cuál es el papel de la asamblea. En mi opinión, resumo, sería el reflejo, la caja de resonancia de la capacidad de decisión, de iniciativa y acción individual de cada uno de sus miembros. Que esta iniciativa y acción nacidas de miembros individuales o de miembros agrupados de la asamblea pase a ser una acción o iniciativa del grupo es algo sobre lo que decidirían los miembros del mismo acudiendo a un lugar en el que se analice debatiendo la propuesta; si ésta es plausible y convincente (es decir, si la propuesta está trabajada), recibirá respaldo de más o menos miembros, y, así, la iniciativa llegará más o menos lejos. Pero la asamblea no debería condicionar esencialmente cada propuesta (planteándose como únicas soluciones el apoyo o el veto), sino catalizar propuestas cuando estas reciban apoyo de un número de sus miembros. En ese sentido, la asamblea sería más bien un seismógrafo de la capacidad de iniciativa y acción de cada uno de los miembros que la forman; a mayor actividad, más resonancia. De la implicación de sus miembros dependerá lo que la asamblea haga o no. Aquí podemos hacer cosas, hablándolas, teniendo voz. Creo que de esta manera se combinan los dos aspectos a los que se refiere Rousseau: unión y libertad.