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Aunque me duela reconocerlo, creo que estamos en un error si nos empeñamos en orientar nuestros esfuerzos a recuperar plazas: estamos corriendo el riesgo de convertir el símbolo de plazas como Sol en mito. Y eso sería fatal, porque correríamos el riesgo de refugiarnos en un pasado mágico, olvidando lo que les motivó a muchos a salir a la calle el 15 de mayo: la sangrante evidencia de que los que supuestamente están encargados de ello han dejado de solucionar nuestros problemas y la constatación de que tendríamos capacidad para hacerlo por nosotros mismos. Es lo que yo por lo menos siempre he creído transmitir cuando he gritado, pensado, escrito: “No nos representan”.

Me temo que ahora estamos entrando en su juego cuando claudicamos ante sus provocaciones si la única acción que perseguimos es recuperar lo que ya hemos ganado. Porque eso es lo que fue el desmantelamiento del punto de información de Sol: una provocación. Y no una reconquista por parte del poder: hay demasiadas imágenes que sirven de alimento al dinamismo y revitalización del tejido social que supuso la semana después del 15 de mayo.

No podemos caer en el error de formar parte de la cultura del espectáculo con nuestras reivindicaciones y que eso haga que muchos pierdan la confianza en esta dinámica de renovación política del tejido social. Creo que hay que andarse con pies de plomo para no convertirnos en los verdugos de lo que hemos creado hasta ahora entre todos. Hay que guardarse mucho de caer en discursos partidistas que puedan echar sistemáticamente a gente de este sueño. No podemos cerrarnos a nadie que quiera participar, que comparta gran parte de las inquietudes que tenemos, porque comparte también nuestros problemas. Y considero que es un error creer que el problema está sólo en los que se van: la presión de los medios y del aparato político parece que nos está contagiando una prisa insana; y a veces hay más prisa por hacer que por pensar y reflexionar críticamente sobre lo hecho y conseguido hasta ahora. La vorágine de acciones a la que parece que nos estamos entregando no debería hacernos olvidar cómo surgió todo esto: partiendo de una serie de problemas compartidos y no de posturas ideológicas, imaginando y realizando desde el pacifismo estrategias de protesta sorprendentes para el sistema.

Cada vez estoy más convencido de que esto es un movimiento no por su carácter ideológico (mal andaríamos, porque ya sabemos quién utilizaba hasta la saciedad la palabra “movimiento”), sino por su carácter nomádico, camaleónico. A cada problema hay que encontrarle su solución y para ello tenemos que contar con todos los afectados. Si nos limitamos a tirar de manual, a reducir todo a teorías conspirativas o a la demonización absoluta del capitalismo, perderemos el realismo con el que todo esto empezó. Personalmente no quiero recetas, sino soluciones: y creo que puedo ser parte de la solución a mis problemas (que comparto con muchos). Y exijo (a los políticos, a mis compañeros en el movimiento y a mí mismo) que se me tenga en cuenta como parte de la solución.

Reconozcámoslo: Sol no es la Sol-ución, sino el principio de la misma. Y para que nuestros problemas se solucionen, también tenemos que ponernos manos a la obra. Esto, creo, no es (sólo) un movimiento reivindicativo, sino constructivo. No deberíamos permitir que nos callaran ni desde fuerta, ni desde dentro.

La democracia es que la ciudadanía defina el país que quiere y las prioridades que tiene.

Se nos echan en cara muchas cosas. Una de las más coreadas es que no proponemos nada (concreto). Y quizá tengan razón. Pero la pregunta es: ¿por qué no podemos proponer nada concreto?

Una de las razones es porque no sabemos. Pero no por falta de capacidad, sino por desconocimiento: son muchos años de ocultamiento de datos (por ejemplo: las cuentas a nivel local de los partidos políticos, la influencia efectiva de los lobbies en las decisiones de las cámaras legislativas de nuestro país…); muchos años de publicación parcial o enrevesada de los datos que (supuestamente) apoyan las decisiones que toman y que se financian con el dinero que se recauda mediante los impuestos que pagamos; demasiado tiempo sin saber quién toma realmente las decisiones que nos afectan (¿qué lobbies están detrás?)…

Pero las cosas están cambiando: se está creando un tejido social reivindicativo en el más amplio sentido. Se quiere saber; se quieren tener los elementos que nos permitan controlar lo que se hace con lo que es nuestro; queremos definir y no que nos definan. Somos adultos – ahora también políticamente. Y exigimos transparencia para ser una ciudadanía activa. No es una estrategia de confrontación, sino de construcción: yo también quiero solucionar mis problemas (que no sólo son míos) y quiero ser parte de la solución.

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